sábado, 7 de mayo de 2022

Ejercicio 6C - María José Ventaja - Relato juego

 

La Dama Madrina


Nos encontramos en mi última reunión de antiguas alumnas. Entonces vivíamos en el mismo barrio, teníamos novio y una carrera profesional por delante. Han pasado veintisiete años. En aquella reunión ya surgieron las primeras tiranteces.

—¡Te has dejado el pelo largo! Y, parece que lo tienes más rubio. ¿Te lo has teñido?

Blanca, mi amiga del colegio. Amigas desde el día que nos sentamos en el mismo pupitre en Infantil, amigas de sueños mañaneros y vicios nocturnos, de lamentos y borracheras, mi amiga más amiga o mi amiga del alma, ¿me estaba vacilando?

—¡No, que va! —dije, molesta y sorprendida. —¡Sabes que no! ¿Por qué me iba a teñir el pelo? ¡Me gusta mi pelo! —insistí.

—Bueno hija, no hace falta que te pongas así. Me ha parecido que lo tienes más rubio que antes.

        Lo dijo con displicencia. Sus palabras no eran de convencimiento. Ni siquiera de un «¡de acuerdo, disculpa, debe ser cosa de mi miopía galopante y aquí no ha pasado nada!», porque Elisa y Elena, que estaban conmigo antes de llegar ella, se miraron sospechosamente y se excusaron para ir a saludar a la hermana Genoveva. Blanca y yo nos quedamos frente a frente, o enfrentadas, pues la conversación siguió por derroteros llenos de puñales.

    —¡Oye! ¿Qué tal con Juan? Porque aún seguís saliendo, ¿no? ¡Estaréis con la boda a punto!

       «¡Puta, puta y reputa! ¡De sobra sabes que no!». No fue eso lo que dije. —Juan y yo lo dejamos hace dos meses—. Y apuré mi copa de rioja.

    —¡Lo siento! ¡De veras que lo siento! Todos asegurábamos que os casaríais.

    —Éramos unos adolescentes, demasiado duró. Creo que tú eres la única que sigues, con “tu Javi”.

    —Sí. Me da pena por ti. ¡Estabas tan enamorada!

    «¡Qué pena ni qué pena! ¡Eres una falsa!» —¡Pues me desenamoré!

    —¡He oído que Juan está saliendo con otra, una chica de Económicas! Por lo visto se conocían del campus, alguna vez salieron de copas con el grupo, mientras tú preparabas la tesis. Dicen que van muy en serio, tanto que han preparado boda para el año que viene.

    «¡Chica, respira que te vas a desmayar!» —¡Qué sean felices! —dije y alcé mi copa vacía. —Voy a por provisiones.

    Blanca me siguió hasta la barra que las hermanas habían improvisado con mesas y manteles de papel blanco. Detrás, de camareras, estaba Sonsoles, una chica de un curso superior al nuestro que había tomado los hábitos el año pasado. Creo que fue de ella la idea de introducir algo de alcohol en las reuniones, de poner música y de organizar un concurso en el que, recordando la fiesta de los banderines de la infancia, elegiríamos a la "Dama Madrina”.

    —¿Queda rioja? —pregunté a Sonsoles, volteé mi copa mostrando que sólo una gota de rojo transparente emprendía el suicidio hacia el suelo de baldosas de piedra. El resto del líquido ya confundía su aroma a madera frutal con los fluidos de mis venas.

    —Mujer, espera a que traigan los aperitivos. —La voz de Blanca sonó a reproche.

    «¡Cómo no! ¿Por qué no te comes tú todos los aperitivos, a ver si cierras la boca, aunque sea solo para comer!».

    —¡Vamos, Blanca, que nos conocemos! —Mantuve la copa inmóvil mientras Sonsoles me servía un Marqués de Arienzo. —¡Vaya, Sonsoles, habéis tirado la casa, perdón, el colegio por la ventana!

    Y Sonsoles, risueña y simpática como era, me dijo que aún tenía dos botellas más. —Las voy a quitar de la vista, así las tendrás aseguradas.

    No tuve más remedio que pasar al otro lado de la barra, abrazar a Sonsoles y desahogar con ella el nudo que me taponaba algo más que la garganta.

    —¡Gracias! ¡Mil gracias, hermana Sonsoles!

    Sonsoles se despegó de mi cuerpo con suavidad, con un cariño que hacía tiempo no sentía en un abrazo. Realmente hacía dos meses que nadie me daba un abrazo.

    —Aún no soy hermana, soy novicia. —dijo sin aspavientos.

    —¿Y cómo te llamamos? —Crucé una mirada cómplice con Blanca que no obtuvo respuesta. —¿Te decimos… novicia Sonsoles?

    Mi risa fue pesada, ni siquiera tuvo consistencia para mantenerse en el aire, un aire denso y masticable.

    —¡Andad! ¡Id con vuestras compañeras!

    Así de fácil, así de magnánima, Sonsoles nos desalojó de su presencia. Blanca, pegada a mí, sorbía todo el oxígeno que yo buscaba a mi paso. Nos sentamos a la derecha de la Niña María. Rocé con el pie uno de los jarrones colocados en el suelo. No cayó, no se rompió, solo titubeó unos instantes antes de mantener su agua, un agua escasa y turbia que las flores a María sorbían furiosas para no morir de calor o de hastío.

    En el patio del colegio el sol se quedó agazapado en la esquina de la caseta de las herramientas, la sombra aún ardía y yo tenía calor, demasiado calor interior que hasta el momento había mantenido acallado.

    —Me preocupas. Me preocupas mucho —dijo Blanca como si diera la respuesta, sin saber si era o no acertada, a una pregunta en mitad del estrado, en clase de Química, ante la hermana Vicenta, con la mirada caída a sus pies.

    —¿Tú? ¿Preocupada? —pregunté llevando el vino caliente hasta los labios. —¿Qué te puede preocupar a ti, Blanca? ¡Blanca impoluta!

    —¿Estás bebiendo por despecho? ¿Por qué te ha dejado Juan?

    —¡Yo dejé a Juan! —Lo dije en alto, para que lo oyeran todas, todas las que estaban cerca, y para que lo oyera Blanca, que estaba más lejos, aunque sentada a mi lado. ¡Fui yo; yo la que dejé a Juan!

    —No dicen eso.

    —¿Quién no lo dice? ¿Tu Javi? ¿Qué sabrá tu Javi?

    —Javi no sabe nada, no sabe por qué lo habéis dejado. —«¡Ah! ¡Ahora lo hemos dejado, los dos! Ya vas rectificando cacho puta»—. ¿Por qué lo dejasteis? ¿Qué pasó?—insistió.

    Apuré la copa que solo estaba medio vacía, miré a los ojos a mi amiga más amiga, le pregunté: —¿De verdad quieres saber por qué dejé a Juan?

    —Te vendrá bien decirlo, soltar el dolor que llevas dentro —me dijo con tono de confesionario.

    —¡Dejé a Juan por que la tiene muy pequeña!

    No, no lo dije en voz alta, me acerqué al oído de Blanca y se lo susurré, despacio, claro, con una pronunciación de sobresaliente para que no tuviera dudas sobre lo que estaba oyendo.

    La hermana Genoveva tomó el micrófono y la atención de todas.

    —¡Queridas antiguas alumnas! —Ahí mismo, hasta la Virgen Niña se puso en firmes. —¡Bienvenidas, un año más! En esta ocasión, como habréis comprobado, nos hemos adaptado a los tiempos modernos, los vuestros. «¿A tomar vino y escuchar música, llaman tiempos modernos? ¡Ay si Chaplin levantara la cabeza!»

    La homilía de la hermana Genoveva no nos descubrió nada nuevo, nos aburrió como siempre y, como estaba pronosticado, creo que no consiguió conquistar ninguna novicia que llevarse a la saca. Al menos, ninguna se retiró hacia la puerta del cónclave mariano. Tras darnos las gracias por asistir y hacernos cantar “con flores a María”, Sonsoles colocó nuevos jarrones de flores bajo la hornacina, cogió el micrófono y nos recordó el sistema de votación que designaría a la Dama Madrina, así como el reparto de banderines para las tres Asistentes.

    Algunas ya se colocaban los trajes y se aireaban los cabellos, vi quién se puso gloss en los labios y quién se sopló dos toques de colonia en el cuello. Las más hablaban entre ellas, en corros de cuerpos cerrados, unidos por un encuentro de cráneos huecos revestidos de pelos, de los que a veces alguna cabeza se volvía para buscar a su designada.

    El micrófono regresó a las manos de la hermana Genoveva.

    —¡Queridas todas! Como signo de las novedades que estamos recogiendo para adaptarnos al ritmo y a las formas que hoy día abordan las jóvenes como vosotras, este año, el cargo de Dama Madrina, conllevará la responsabilidad de acompañar a nuestras estudiantes del último curso en su paso crucial a la vida adulta. La elegida entrará a formar parte de nuestra comunidad educativa.

    La hermana Genoveva concedió la pausa prevista para que el murmullo de “todas sus queridas” saliera libre de sus bocas y corriera sorprendiendo el aire demasiado quieto del patio.

    —Efectivamente —prosiguió la hermana Genoveva con una satisfacción que hasta en el hábito le apretaba. —Esa jovencita, entrará en la nómina de esta nuestra Escuela el próximo curso. ¿Quién mejor que una de vosotras para guiar a nuestras hermanas pequeñas?

    Creo que a algunas se les escapó un aplauso que la hermana Genoveva calmó con los gestos de sus manos. Prosiguió:

    —Por eso, vuestra elección, ha de estar bien meditada, y fundada en los méritos más objetivos y convenientes. Sobra decir que, la Dama Madrina, y sus Asistentes, deberán poseer su conveniente diploma de Magisterio o Licenciatura, como mínimo currículo profesional. En cuanto a las cualidades de buenas cristianas y valores fundamentados en la fe, vosotras sois las que mejor conocéis a quienes cumplen sobradamente las expectativas, que en todas deseamos, de aquellas que deben guiar las vidas profesionales y personales, según nuestro ideario, y el futuro de las que serán mujeres como vosotras. ¡Entre vosotras está!

    Cabezas y cuerpos de mis compañeras se estremecieron, hasta pude escuchar los latidos del corazón de las que me rodeaban, entre los comentarios a baja escala y los crujidos de los vestidos de satén y gasa. A mí se me había bajado el calor y el vino a los pies. Los tenía hinchados, las sandalias de tiras me dividían el empeine en tres trozos de carne sin sentido. «Sin sentido. Esto es un sin sentido, la mejor trampa para cazar crédulas novatas, o novicias, o moscas. Una vez pegadas en la red de araña, el cuerpo de la hermana Genoveva las engullirá como los bocaditos de morcilla y cebolla que, una niña del penúltimo curso, debidamente uniformada, me pasa por delante en una bandeja con sobre de plata.

    Sonsoles volvió a ponerse el micrófono en la boca antes de regresar a ser camarera de barra, y, como novicia anfitriona, nos señaló las urnas de donde surgiría la elegida y sus tres secuaces. —¡La media hora comienza, ya! —gritó, y salió corriendo a servir las bebidas que ayudaran a tragar los bocadillos.

    Cuando se hubo despejado la barra de las primeras ansiosas, regresé con mi copa en la mano.

    —Sonsoles, ¿me podrías cambiar la copa por otra limpia y llena? 

    —¡Claro! ¿Dónde has dejado a Blanca?

    —¡Esta vez no he sido yo! Qué conste; ha sido ella quién me ha dejado. —Apuré el vino—. ¡A ver si puedes ser más generosa, llena la copa, que parece que eres tú la que pagas! 

    —Vuelve con tu amiga, puede que te necesite —dijo—, creo que está recabando votos.

    «¿Necesitarme, a mí? Blanca se basta sola, siempre ha estado sola, nunca ha querido a nadie cerca que le haga sombra, bien lo sé».

    Elisa y Elena estaban con Blanca. Me miraron sospechosamente. Blanca cambio de corrillo y también volvieron sus ojos hacia mí.

    —¿Crees que está haciéndose campaña? —pregunté cogiendo un bocado de queso brie con tomate cherri.

    Era muy posible, incluso probable tirando hacia seguro, aunque yo no la votaría. Tenía todas las cualidades para ser la Dama Madrina, pero no vivía en los tiempos modernos, no bebía alcohol y se tapaba los orejas con la música heavy. Blanca, sin llamar la atención, pasando por invisible, achantada y observando desde cualquier esquina. Blanca, mi amiga, mi amiga desde siempre y para siempre hasta que los hombres nos separen, cumpliría mejor el papel de alcahueta, o espía, o intrusionista, lo contrario de escapista. 

    Pasó la media hora. Las dos urnas estaban llenas de papeletas. Yo, por supuesto, no voté, no hablé con nadie, salvo con Sonsoles, y a intervalos, mientras subía la copa de vino a los labios. Yo estaba a salvo. Al empezar el recuento, Blanca regresó a mi lado.

    —¿Te imaginas? —dijo, y ladeó su cuerpo para darme un empujoncito cómplice.

    «¡Date empujoncitos tú con la cabeza en la pared!». Hice resistencia para no tambalearme demasiado, y dije: —No, no imagino. 

   A una pobre ilusa, llena de fe y necesidad, la iban a enterrar viva en aquella institución, bajo la excusa de un trabajo y otras coñas motivacionales.

    —Con las votaciones secretas, ¡nunca se sabe! —Y Blanca volvió a darme otro empujoncito.

    «¡Qué no me empujes más que te sacudo!». Otra vez noté un subidón de calor. —¡Claro que se sabe! Se sabe, si no has intervenido. Yo no he intervenido, por eso lo sé. ¿Y tú?

    —Sí. ¡Claro que he intervenido! ¡Lo tenía que hacer!

    —¿Cuándo dejarás de meterte en la vida de los otros? ¡Eres un virus determinista! ¡Todo lo quieres controlar!

    —No es así. Yo solo pongo los pies de mis amigas en el camino correcto.

    —¡Uf! Necesito más vino.

    —No, ¡necesitas un litro de agua!

    —¿Ves? En eso tienes razón. ¡Tengo un sofoco! Voy a hacer como Jesús, pero al revés: voy a cambiar vino por agua; agua con hielo.

    La madre Genoveva, micrófono en mano, se disponía a leer los nombres de los papelitos que le iba pasando Sonsoles. En el banco, al lado de la Virgen Niña, Blanca sostenía una botella de litro y medio y yo un vaso lleno de hielos que ella iba rellenando de agua. Terminaron el recuento. Un murmullo generalizado se dirigió hacia mí. Algunas compañeras se acercaban a nosotras con rostros de «¡has sido tú!». Me levanté.

    —¿A dónde vas? —preguntó Blanca.

    —A los servicios. Hubiera querido decir: «¿Y a ti, qué coño te importa? ¿Quieres dejarme en paz? ¡No eres mi madre! ¡No eres…!». Pero dije: —¿Me acompañas? ¡Estoy algo mareada!

    Y sí. Fui yo. Cuando salimos de los servicios, todas aplaudían y Blanca alzó mi mano en señal de triunfo. Fui elegida Dama Madrina, y Blanca, Elisa y Elena fueron mis asistentes. Bien se había encargado mi amiga del alma de que fuera así.

    —¡Puedes intentar que Juan vuelva contigo! ¡Creo que aún tienes posibilidades!—me dijo Blanca al oído.

    Yo esperaba escuchar otra cosa, por eso dejé que pegara su bocaza a mi oído. Lo ignoré y saludé a mis votantes. Me gustaron sus halagos y sus parabienes. Incluso terminé la fiesta con agua en vez de vino.

    Duró los meses que marca el curso académico, de septiembre a junio. Yo dimití «¡Sí, fui yo quien puso la dimisión encima de la mesa de la hermana Genoveva! ¡Yo dimití, nadie me echó!». A pesar de lo que fuera diciendo Blanca, que ocupó mi lugar como Dama Madrina. No sé si las niñas del último curso lo agradecieron, pero seguro que no se rieron, ni volvieron a saborear el paladar que tiene un Marqués de Arienzo.


    Veintisiete años después, mi amiga del colegio, la más amiga desde infantil hasta que la traición nos separe, se acercó a mí y me sueltó un par de besos.

    —¡Vaya! ¡Estás igual de joven! ¿Te has hecho retoques? Qué ha sido, ¿bótox, hialurónico?

    «¡Puta, puta y reputa!»

    Éramos muchas, muchísimas y, aunque habían dejado las puertas de la capilla abiertas y el pasillo desnudo hasta el recibidor, diríamos que no cabía un alfiler. Desde donde estuviera, Blanca se fue abriendo hueco, no sé a cuántas tendría que empujar para llegar hasta mi lado. Yo solo le he eché una mirada escueta, para que se diera por saludada. El sacerdote acabó la encomendación al Señor y la hermana Genoveva, increíblemente recta, pronunció las palabras del adiós definitivo y el descanso eterno para nuestra querida Sonsoles. Algunas lloraban, otras se enjugaban los ojos, y la mayoría nos recogíamos silenciosas hasta el “podéis ir en paz”.

    —¿Ha sido emotiva? ¡Pobre Sonsoles!  He llegado tarde porque Juan ha tardado en ir a buscarme.

    «¡Cacho puta, ya sabía que te habías casado con mi Juan! No es necesario que alardees. ¡Juan la tiene pequeña, muy pequeña!»

    La gente nos movía en su corriente, por el pasillo hacia la calle. Blanca no se despegaba de mi lado.

    —Juan estaba con nuestra hija, Blanca, le pusimos mi nombre. Terminó Magisterio y es la Dama Madrina de nuestro colegio. Está organizando la fiesta de antiguas alumnas, Juan y yo le estamos ayudando.

    Cuando alcanzamos la calle, logré decirle: —¡Blanca, tengo prisa!—. Pero le hubiera dicho: «¡Me importa una mierda tu coño gordo y su picha pequeña! ¡Jodeos como podáis!»



1 comentario:

  1. Muy bien descrita alguna de las relaciones tóxicas de la infancia que perduran toda la vida

    ResponderEliminar