jueves, 5 de mayo de 2022

Ejercicio 5C - María José Ventaja - Protagonista un niño



Tum-tum-tum, dice el agua.


En una tarde de agosto, cuando la luz hizo que se levantaran los manteles y se guardaran las provisiones que habían sobrado de la merienda, Nino no estaba. Se dieron cuenta porque el pequeño organizaba las retiradas campestres como un intendente experto, rápido y eficaz. 

—¡Nino! ¡Nino! —gritaba el padre entre la arboleda.

—¡Nino, no te escondas! —voceaba el hermano por las sendas.

—¡Nino! ¿Dónde estás? —clamaba la hermana en la vereda.

        —¡Nino, hijo mío! —La madre gemía bajo las piedras.

        La noche se acercaba y los ruidos del bosque aparecían sigilosos llenando a la familia de temores. La desesperación se esparcía bajo las nubes que taponaban el cielo, cegando los ojos, abriendo los rezos y señalando las culpas en una oscuridad implacable.

        —¿Se habrá ido al pantano? —sugirió el padre.

        —¡Le gusta tanto nadar! —suspiró la madre.

        —¿Estará viendo los patos? —preguntó el hermano.

        —¡Le encanta ese lugar! —aseguró la hermana.

        Hasta el gran pantano llegó la familia. El agua era negra, el viento culebreaba en la superficie y el frío erizó hasta las palabras. Se separaron bordeando la orilla. Una orilla invisible que se escondía en la tierra, que perdía los pasos. Padre, madre y hermanos se alejaron unos de otros, desaparecieron por las esquinas del gran pantano. No se oían gritos ni pisadas. Todo estaba callado, como en calma.


        ¿Dónde está Nino?

        En esa tarde de agosto, cuando la luz se ladea del centro hacia el oeste, Nino se despertó repentinamente. El resto de la familia descansaba de la excursión de la mañana, con el sopor de la siesta, la digestión recién comenzada, los pies descalzos y los cuerpos tendidos sobre mantas a la sombra, entre los trinos y la brisa que soplaba las hojas y las ramas. Nino se colgó al cuello un cordón de cáñamo del que pendían dos varillas metálicas, metió su silbato y la brújula en un bolsillo del pantalón, en el otro un puñado de nueces e higos secos y una pequeña peonza de punta plateada, como una miniatura.

       Dejó atrás los primeros pinares y hayedos reconocidos que atravesó sin miramientos, con la furia de las prisas y la seguridad de un caminante experimentado, hasta topar con un enorme castaño ante el que se detuvo. El árbol, de extraordinarias dimensiones, extendía dos ramas que le crecían muy abajo, de formas singulares, que rozaban la cabeza del niño, como si fueran dos enormes brazos en cruz. Le pareció que el árbol quisiera detener su marcha, sonrió en sus adentros y se agachó para pasar. Tras el castaño gigante había más. El terreno hacía incómodos los pasos, lleno de palos secos y erizos que se le fueron pegando a las ropas ocasionándole algunos arañazos. Los frutos eran cada vez más grandes y se abrían a sus pies como bocas de dientes afilados. Algunos pinchos traspasaron las botas de lona torturándole los empeines y las plantas de los pies, ralentizando su marcha. Mirando por dónde pisaba, consiguió encarar una extensión de granados y arces. Había granadas colgadas de las ramas como pequeñas cabezas y otras rodando por el suelo, muchas abiertas mostrando sus granos sangrientos, derramando sus jugos y tiñendo de rojo la piel de Nino, ya arañada por los erizos y palos de ramas. 


        ¿Por qué se ha ido Nino?

       No se había perdido. De cuando en cuando había mirado la brújula y había ido hasta allí con voluntad determinante. Se había propuesto descubrir el nacimiento del agua que llenaba el lago, pues era tan grande que consideró que el agua de lluvia no era suficiente, apenas podría humedecerlo de barro. Nino sabía bien qué era un zahorí; el abuelo le había hablado de t los pozos que se habían abierto en las huertas del pueblo gracias a su don. Le mostró cómo se trabajan las varillas, cómo se usa el péndulo y cómo se interpreta el relieve del campo. «Hay que mirar con las tripas y escuchar con el pecho, antes de poner un pie tras otro en el suelo». Se lo contaba sentados en un banco del parque, con pequeños palos de ramas en forma de tirachinas. Las varas, en manos del abuelo, se zarandeaban en el aire y una caterva de chiquillos le seguían entre arbustos y rosales. Increíblemente, alguna vez ocurrió que las varas de los plátanos de sombra se movieron en las manos de algunos niños, a otros se les movían de risa.

        —Encontrar agua es un don que puedes tener tú —dijo el abuelo. —Es algo que se hereda.

        —¿Me vas a regalar tus varillas? —preguntó Nino.

        —Cuando seas mayor.

        —¿Y cuándo voy a ser mayor?

        —Eso depende. Yo fui mayor a los doce años. A esa edad trabajaba con mi padre en el campo. —El abuelo puso la mano sobre la cabeza de Nino, como si no quisiera que creciera, o como si ya fuera lo bastante mayor en sus recuerdos.

        —Yo no voy a trabajar con mi padre; no quiere que ninguno seamos como él, simples contables. A mí tampoco me gusta contar y contar todo el rato.

        —Pues para ser zahorí, tienes que conocer muy bien el campo, y…


        ¿Qué está haciendo Nino?

         Golpeado y malherido por los árboles del bosque cerrado, salió a encontrarse con un valle escaso de verdor, extrañas formaciones de piedra y picos retorcidos y resecos. Un tum-tum-tum resonaba en el pecho de Nico. «¡Aquí puede ser!». Descolgó las varillas del cordón, colocó cada una en una de las manos, agarradas por su parte más corta y las movió en el aire haciéndolas girar. Comenzó a caminar muy despacio, con las varillas apuntando hacia el oeste, los brazos plegados al pecho, oyendo el tum-tum-tum golpear en el centro del esternón. Su concentración era máxima, por su cabeza solo corría un hilo de agua. Anduvo varios metros con la vista en las varas hasta que, en su misma delantera, una roca vertical como una pared de granito o como la puerta que se abre para no volver, taponó sus pasos. La pared de roca bajo sus pies, verticalmente peligrosa, le hizo dudar por dónde seguir camino. La luz de la tarde menguaba con rapidez, comprendió que la oscuridad se le venía encima. Pensó que, para llegar al lugar preciso, tendría que pasar la noche al raso. Fue el pensamiento de un instante, porque o bien resbaló y quedó inconsciente o bien se abrió la tierra y se lo tragó.


          ¡Llegó la noche!

        Los padres y hermanos de Nino habían ido al pueblo más cercano en busca de la guardia civil. Allí mismo habían dejado el coche aparcado para caminar algo más de una hora hasta la pradera donde acamparon. Las luces de los comercios estaban apagadas, solo algunas farolas enseñaban las casas donde vivía gente. No encontraron a nadie por las calles hasta llegar al cuartelillo.

        —¡Nuestro hijo pequeño ha desaparecido! —dijo la madre.

        —El niño se ha perdido —rectificó el padre.

        El guardia comenzó con una retahíla de preguntas que la familia respondía al instante. ¿Qué edad tiene? ¿Cuándo se han dado cuenta de que el niño no estaba? ¿Suelen dejarle ir solo por el campo? ¿Qué han hecho durante el día? ¿Han notado si les falta alguna cosa?

        Era Nino quien organizaba las rutas, el descubrimiento de nuevos paisajes, y, por supuesto, el que administraba el equipamiento y demás impedimenta. Nino no daba lugar a riesgos, realmente era el más experto, aunque fuera el más pequeño. Siempre llevaba su brújula y su silbato. Su interés, su empeño constante, hizo que la familia se hiciera excursionista.

        —Entonces, es posible que simplemente se haya despistado—planteó el guardia.

        —Es posible; raro pero posible —aceptó el padre.

        —Por eso mismo, ha debido pasarle algo—ofreció el hermano.

        —Se le ha hecho de noche…—opinó la hermana.

        —¡Ay mi niño! —suspiró la madre.

        —Está bien. Vamos a volver al lugar donde estaban acampados —recomendó el cabo de guardia.

        La familia se montó en el coche, guiaron a los guardias hasta el centro del pinar y allí se dispersaron. El padre acompañó al guardia, el hermano fue con el cabo y la madre y la hermana se quedaron con una linterna y el hornillo de gas para calentar leche. Tardaron más de tres horas, llamaron a gritos a Nino y pitaron con un silbato, unos llegaron hasta el lago, otros hasta el bosque de castaños.

        —Lo siento, pero hasta mañana no podremos activar el protocolo de búsqueda —aseguró el cabo. —Buscaremos dentro del pantano, iremos a la plantación de granados. Mañana tendremos más gente, pediremos voluntarios en el pueblo. —convino el guardia.


        ¿Qué le ha pasado a Nino?

        Un golpe de vértigo le cerró los ojos y le abrió la boca para soltar un enorme grito. Apareció en otro paisaje. No había rocas, ni peñascos, ni filos de granito. Con la espalda apoyada sobre la misma piedra alta, plana y vertical, como por el otro lado de la puerta, se admiró por lo sucedido con más entusiasmo que temor. De pie y en su frente se alzaban gruesos cogollos de helechos, orquídeas gigantes y bejucos que trepaban por palmeras y otros árboles a los que no podía ver la copa. Comenzó un ascenso de verdín y musgo, como de exuberancia tropical. Nino tuvo que sujetarse a troncos y matas, ramas sarmentosas largas como lianas, pegajosas de verdín y sabia, para no resbalar. En un par de ocasiones rodó cuesta abajo hasta dar con el lomo en las piedras revestidas de verde mullido, pero, aun así, cayó en duro. Creyó escuchar risas o murmullos, pero en aquella selva, eran tantos los sonidos y tan irreconocibles que no le dio importancia. Los pasos ya eran lentos, los helechos marcaban un sendero que se empinaba hasta dejar la mirada abierta a una pradera de trigo joven, verde y suave, espumoso y tupido. Ahí vio que no estaba solo, comprobó que las risas eran ciertas. Un paso por detrás, dos seres le miraban, oscuros como el bronce, imperturbables los rostros antiguos, ojos frente a ojos, pues los tres tenían la misma altura.

        —Vosotros me habéis seguido, ¿verdad? —preguntó Nino.

        Uno de ellos le respondió achuchándole con un palo, como un bastón con cicatrices. Cruzaron la pradera oblicuamente, se dirigían al sur según indicaba la brújula.

        —El pecho me dice que deberíamos ir por allí —dijo Nino, señalando con el brazo hacia el oeste.

        La pradera terminaba donde comenzaba un camino pedregoso.

        —Por aquí, vamos a dar un rodeo bien grande—insistió Nino.

        El bastón, tan largo o tan corto como el hombre que lo sujetaba, insistió en dirigirse al sur.

        —Bueno, allá vosotros. Yo estoy acostumbrado a caminar.

        Nino guardó la brújula en el bolsillo, sacó tres nueces y ofreció a sus acompañantes. Vieron que Nino se echó a la boca lo que a ellos les pareció un cerebro reducido, disecado; a uno se le cayó al suelo, espantado, el otro lo examinó con atención y se lo guardó en el taparrabos. A partir del suceso de las nueces, la marcha se hizo tensa. A Nino le ataron las manos al cuerpo con la tela que a uno cubría el sexo, le empujaron y le hostigaron con el bastón. El camino se hacía más ascendente, más penoso, se fue estrechando en una chimenea rocosa por donde a veces tuvieron que caminar de lado. Cuando salieron a campo abierto, un desierto de grava roja, dunas arenosas, piedras y rocas con hierbas secas, golpearon el pecho de Nino. El tum-tum-tum quería subir por la garganta o explotar en las costillas. Tenía sed y lo dio a entender con movimientos de boca y lengua. Le ignoraron, le incitaron a caminar más rápido. Llegó sin resuello hasta una pequeña meseta rojiza de donde los hombres bronce retiraron ramas y piedras dejando al descubierto la boca de una cueva; por allí le introdujeron. No dieron diez pasos y aparecieron más hombres con los cuerpos recubiertos de arcilla blanca que, en grupo y a su alrededor, le llevaron hasta el que parecía el jefe de todos. Era una mujer oronda que no le llegaba a la barbilla. Le ofreció asiento sobre una tela a modo de alfombra. Nino, antes que nada, comenzó a gesticular pidiendo agua. Le desataron y le dieron de beber. Se quedaron a solas y a Nino le sobrevino el tum-tum-tum, le subió por los oídos y cerró la boca para que no saliera. La gran mujer pequeña solo tenía pintado el rostro con círculos blancos alrededor de los ojos, se arrodilló, cogió un palo, y dibujó un círculo en el suelo. Comenzó a hablar, pintó dos marcas equidistantes en la circunferencia y continuó en su extraña lengua, hasta que Nino comprendió que el redondel era la Tierra y ella le mostraba dos lugares totalmente opuestos, el suyo y el de ella. Le llevó hasta un montón de piedras y fue apartándolas hasta dejar al descubierto un agujero. Cogió una mano de Nino que el chaval introdujo hasta el codo y tocó el líquido elemento. «¡Agua!», dijo Nino, y los hombres y mujeres de bronce repitieron: «¡Agua!»


        La aparición de Nino.

        Al amanecer, la guardia civil ya tenía organizados los equipos de búsqueda. La familia rogaba y rezaba durante el trayecto. Dejaron los coches en el pinar y a la familia. Guardias y voluntarios emprendieron camino por el hayedo y los castaños hasta llegar a los granados.

        —¡No sé cómo podría llegar el chico hasta aquí! —dijo un guardia.

        —¡No sabes de lo que puede ser capaz un chaval de doce o trece años! —respondió el cabo.

        —Después del campo de granados solo hay piedras—concluyó uno de los voluntarios, senderista y aficionado a la montaña.

        —¿Y después de las piedras? —preguntó el cabo.

        —Hay más piedras —contestó el guardia.

        —Está la cresta Billabong —dijo el voluntario. —Pero es una ruta impracticable, muy escarpada, acaba en la puerta Biri, una plancha enorme de granito. Es muy difícil llegar hasta allí.

        —¿Qué nombres son esos? —preguntó el guardia.

        —No sé, vienen de antiguo. Siempre se han llamado así. —aseguró el voluntario.

    —Pues habrá que pedir un grupo de expertos —concluyó el cabo. —Lo mismo el chico se ha despeñado.

        —¡Yo puedo ir! —solicitó el montañero. —¡Lo he hecho un par de veces!

        Al final de la jornada, cuando los últimos rayos de sol balbuceaban en las calles del pueblo, las gentes acompañaban a la familia, algunos dentro del bar, otros sentados en la fuente de la plaza. Llegaron los coches, los acorralaron. Salió Nino, ayudado por el cabo, la familia se hizo paso y abrazó a su hijo y a su hermano. Todos se les echaron encima, todos preguntaban. El camarero del bar se abrió camino con un vaso de agua que ofreció al muchacho. Tum-tum-tum se oyó en la plaza.

        —¡Estoy muy cansado! —dijo Nino.














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