VER, PERO NO VER
Entonces, a principios de los ochenta, la policía era nuestro enemigo natural. Nos aporreaban en las manifestaciones, nos pedían los papeles, nos registraban a punta de metralleta y nos detenían por política o por cualquier otro asunto. Solíamos decir “de azul, de gris o de marrón un cabrón es un cabrón”, pero los que más miedo nos daban eran los de la Guardia Civil. Hacían controles en carreteras solitarias donde sin testigos podía pasar de todo. Por eso mis amigos se alarmaron tanto cuando les conté que en la pequeña ikastola de pueblo donde había empezado a trabajar la mitad de mis alumnos de preescolar eran niños del cuartel.
Las ikastolas eran cooperativas de enseñanza creadas por padres que querían que sus hijos se educasen en euskera. El último sitio donde podías imaginar encontrar a alguien relacionado con la Guardia Civil. Solían vivir encerrados en las casas cuartel con sus familias porque ser policía o familiar en el País Vasco, en aquella época, era una profesión de alto riesgo y como pronto pude saber, de mucho sufrimiento.
A pesar de los reparos de mis amigos y de los mios, el curso comenzó con relativa normalidad. Cuando alguna madre, socia fundadora, venía a quejarse de que a su hijo le había mordido alguno de los “nuevos” y exigía que se expulsase al caníbal, yo le daba las mismas explicaciones que me había endilgado a mí la coordinadora pedagógica antes de desaparecer. A saber, que dada la baja natalidad del pueblo o venían los del cuartel o el proyecto se venia a bajo por falta de clientela. Por el otro lado, las familias del Cuerpo no daban problemas. La relación era exclusivamente profesional. Todos mantenían cierta distancia conmigo, menos Candela.
Candela era una canaria más o menos de mi edad que ya tenía tres hijos. El mayor un sádico de seis años que pateaba las espinillas de todo el que se le ponía delante y la mediana, afectada de algún tipo de mutismo selectivo, acudían a la comarcal del pueblo vecino. La pequeña, un terremoto vestido de rosa, experta en hacernos correr a su madre y a mí detrás de ella, era mi alumna. Como iba diciendo, Candela tomó la costumbre de venirse por las tardes a la ikastola. Mientras yo quitaba abrigos y ponía batas sentada en un banco bajo cerca de los percheros, ella se colocaba a mi lado y me hablaba. Me hablaba sin parar. Con su dulce acento me hablaba de sus hijos, de su marido, de la aburrida vida en la casa cuartel, de su lamentable situación económica, del miedo que le daba el traslado que esperaban, de que no quería ni pensar en que los mandasen a Renteria otra vez, de su isla de la Gomera tan verde y del mar y de como echaba de menos a sus hermanas y a sus amigas... Yo no le prestaba demasiada atención. Mi trabajo no era escuchar sus desahogos, pero tampoco quería ofenderla. Me limitaba a soportar su charloteo asintiendo de vez en cuando. Esperaba que ella misma se diese cuenta de lo inapropiado de la situación.
A finales de noviembre, una mañana, a la hora del reparto de las galletas, se presentó un oficial de la Guardia Civil en mi aula de la ikastola. Venía con toda la parafernalia, a saber: metralleta, zemen o lo que fuese, chaleco antibalas, casco, pistola, porra, esposas... El corazón me dio un vuelco. Hacía poco que habían detenido a un profesor de una ikastola cercana acusándolo de colaboración con banda armada y lo primero que se me pasó por la cabeza es que venían a por mí. Algunos niños se asustaron, otros se acercaron al intruso tratando de comprobar si las armas eran de verdad y la hija de Candela se lanzó a sus brazos.
—¡Papi, papi!— exclamaba mientras le tiraba de la correa del fusil.
—¿Qué es lo que pasa? — le dije con voz temblorosa pero firme, cuando reaccioné—. ¿Cómo se presenta aquí de esta manera?
—Lo siento. Vengo a buscar a mi hija para llevarla al médico.
—No. No son formas. Esto es un centro educativo y aquí no entran armas de fuego ni siquiera de las de mentiras —llamé a la niña y la ayudé a ponerse el abrigo—. Goazen Miriam, jantzi berokia eta joan zaitez aitarekin. Llévesela y por favor, que sea la última vez.
El suceso no pasaba de ser una anécdota más para contar en la cuadrilla, pero me hizo reflexionar sobre las charlas con Candela. Era incomodo y hasta cierto punto arriesgado para ambas. Por fin junté el valor necesario para, sin ser demasiado borde, explicarle que no era adecuado que se pasase las tardes allí dándome conversación. Creo que lo entendió. Dejó de entrar en el aula, se limitaba a saludarme desde la puerta. A veces hacía algún breve comentario sobre el tiempo o alguna cosa así.
Y el curso seguía adelante. Faltaba poco para las navidades cuando Candela vino a verme. Las criaturas ya se habían ido a casa y estaba recogiendo mis cosas, cuando entró. Me dijo que se iban, que les habían dado el temido traslado, que les mandaban al cuartel de Loyola. Venía a despedirse. Me traía un regalo. Un cartón de ducados envuelto en papel de periódico y un montón de moneditas metidas en una bolsa de papel. Había pesetas, duros, alguna de veinticinco… Traté de ponerme en plan digno, que yo no necesitaba regalos, que me limitaba a cumplir con mi trabajo y toda esa palabrería, pero cuando la miré a los ojos, acepté su regalo y la abracé. Era el regalo más conmovedor que nunca me había hecho nadie.
En enero nevó. Nevó mucho y el pueblo quedó aislado. Por asuntos que no vienen al caso tuve que hacer un recado con el coche y tuve la mala suerte de salirme de la carretera y quedarme atorada en la entrada de una pista forestal. Entonces como un milagro apareció en la distancia un convoy de la Guardia Civil. Un par de jeeps y una tanqueta se acercaban lentamente. No lo pensé dos veces, salí al centro de la carretera y empecé a hacer gestos para que parasen. Lo hicieron.
—Por favor, necesito ayuda —les dije con el tono de voz más amable que pude poner—. Mi coche se ha quedado atascado en esa pista. Por favor.
—Identifíquese —me dijo el jefe.
—No hace falta —contestó por mí el que conducía—. Es la maestra de la ikastola del pueblo de ahí. Yo la conozco.
—¿De la ikastola? —repitió el jefe.
—Sí, sí —corroboré—, soy yo. Mi coche esta ahí. Me he quedado atascada en la nieve.
—Mire, señorita, le voy a decir lo que tiene que hacer. Cierre el coche y póngase a andar que con un poco de suerte llega al pueblo antes de que se haga de noche. —Y con las mismas siguieron con su marcha lenta por la carretera.
Era improbable que pasase nadie más, de modo que empecé a andar los cuatro kilómetros que me separaban del pueblo. Anduve y anduve rabiosa, insultando al Cuerpo y a cada uno de sus miembros con cada paso que daba. Así me encontró el dueño del estanco. Venía con su cuatro por cuatro a buscarme porque en el bar había oído a un par de guardias comentar lo ocurrido.
—Gracias al cielo que estás bien. Anda, sube. ¡A quién se le ocurre salir con este tiempo! Pensaba que tenías algo más de cerebro —Estaba enfadado y no me dejaba hablar—. Y para colmo ¿Cómo se te ha ocurrido pedirles ayuda? Un coche averiado. Igual que en lo del cuartel de Loyola. Un coche averiado. Era un coche bomba. Lo hicieron explotar cuando se acercaron. Hubo un fallecido y varios heridos. Y tú les pides ayuda por un coche averiado. Pero ¿estás loca o qué?
No le contesté. No pude. En mi cabeza solo sonaba y sonaba y sonaba una palabra: Loyola.
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