COMIENZOS:
PERIODÍSTICO
Cuando aterrizaron en Marrakech
desde Sevilla, tomaron un coche de alquiler para llegar a M´hamid. Era la ruta
de las caravanas que, desde el Sahara, atravesaban las montañas del Atlas para
llegar a Rabat.
Carlos, el que hacía de guía, les
contó que estando de viaje por el desierto conoció a una familia que le dio
alojamiento y comida. Hacía años de esto, pero nunca lo olvidó y desde entonces
les ayudaba. Les financió la construcción de una casa de cemento para que
alojaran a los visitantes que raramente aparecían por aquellas tierras. Además,
una vez al año, llevaba a un grupo para que conocieran su cultura y
contribuyeran al mantenimiento de la familia de Hassan.
A media tarde llegaron a Telouet.
El dueño del albergue saludó a Carlos. Después anduvieron entre barro y piedras
hasta llegar a las ruinas de la Kasbah. Tremenda fortaleza que aún conservaba
restos de azulejos y rejas de gran valor artístico. Después una apetitosa cena
a base ensalada, pinchos morunos y tortilla bereber, se quedaron en la azotea
contemplando el cielo cuajado de estrellas. Al día siguiente, la carretera
descendió por frondosos valles, donde los ríos habían escarbado cañones
profundos. Al llegar a Uarzazate, el terreno se allanó y emergió una gran
ciudad. A las afueras, las mujeres lavaban en el río, las rocas estaban
cubiertas de alfombras bajo el sol. Los niños les saludan, mientras los hombres
descansaban a la sombra.
CANCIÓN DEL VERANO :
Un pasillo largo y frío nos
separa. Un largo trayecto por recorrer. Un camino transitado de lágrimas.
Lágrimas de alegría por tu venida y de tristeza por tu posible partida.
Comienzo de la vida y final de lo que envejeció. Miradas perdidas que sustentan
un pasado, pequeños ojos apuntando a un futuro. Mariposa negra de alas
cansadas, mariposa blanca que inicia ágil su vuelo. Cada paso que doy
sosteniéndote me acerca a ti. Mi corazón dividido entre dos mundos. Nacer y
morir en un mismo segundo.
BARRA DE BAR:
La luz me despertó a las tres de
la madrugada. Asustado, di un brinco de la cama. Inmediatamente escuché voces y
gritos de los vecinos del bloque ¡Los bomberos recibieron treinta y nueve
llamadas! Quince minutos después entraron los camiones despacio, despejando con
sus luces y sirenas a los que se habían parado en la calzada para mirar.
Parecían perplejos ante las llamas que, como antorchas gigantes, salían por las
ventanas del séptimo piso. Algunos bajaron en pijama, otras en camisón, o con
ligeras batas. Otros sostenían en brazos a sus hijos descalzos y despeinados
que se restregaban los ojos sin entender qué ocurría. El calor pegaba la ropa a
los cuerpos, la brisa de la madrugada apenas refrescaba el ardor de las llamas.
De pronto unos gritos rompieron el sonido de las sirenas. Era Carmen, la vecina
del octavo que, serpenteando entre los vecinos, llamaba a su madre. La
muchedumbre la miró con miedo mientras entraba el camión grúa que, con rapidez,
extendió la canastilla para izar a dos bomberos que sostenían sendas mangueras.
CINEMATOGRÁFICO:
Desde hace un mes respiro más
libre, como si hubiera vuelto a mi infancia, cuando apenas me costaba liberar
el oxígeno. La gente ya no deja basura a mis pies, ni me tiran colillas
encendidas que me hacían temblar imaginando que alguna me prendiera. Ellos no
son conscientes del miedo que me da el fuego, sobre todo en los meses de estío,
cuando no recibo ni una sola gota de agua. Pero… ¿Qué ha pasado? Me siento
contento, mis hojas y mis estomas respiran mejor. El aire se ha limpiado y el
ruido ha amainado. La lluvia cae limpia y alimenta mis raíces ¿De qué me quejo
entonces? Estoy igual de confundido que una ballena en un desierto.
Mi enorme copa, criada a través
de más de cien años de vida, refugiaba hasta ayer del sol a los que paseaban
por la plaza. Los más mayores acudían temprano, por las mañana se sentaban a
charlar mientras la brisa movía mis hojas sacudiendo el polvo. Los niños venían
por las tardes para correr con sus bicicletas, o detrás de balones que se
estrellaban contra mi tronco endurecido por los años. ¡Por fin descanso de esos
seres que no dejan de estropear mis ramas y mi tronco!
DESFILE DE MODELOS
El primero en llegar fue Miguel.
Vestía pantalón vaquero, zapatillas de deporte y una camiseta verde en la que
podía leerse: ACDC. Llevaba un balón en la mano que lo botaba contra el suelo a
la vez que miraba de uno a otro lado. Parecía nervioso, o enfadado. Cuando vio
llegar a Raúl cogió la pelota, cerró el puño de su mano derecha y lo acercó al
de su amigo. Ambos se sonrieron. Raúl era aún más delgado que Miguel, sus
pantalones pitillo apenas se ajustaban a sus piernas. Zapatillas de deporte y
una camiseta negra era todo su atuendo. El cabeza la tenía rapada por los lados
y el único pelo, que mediría como tres centímetros de largo, estaba levantado
hacia el cielo.
Rosa se unió más tarde. Los vio
lanzarse el balón con fuerza y sonrió pensando que los chicos nunca dejaban de
ser niños. Choco su puño con el de ellos y echó hacia atrás su melena rubia.
Llevaba deportivos, un pantalón negro y una camiseta amarilla que dibujaban las
curvas de su cuerpo. De pronto Javier les empujó desde atrás. Era oscuro de
piel. Llevaba una bolsa de deporte que abrió de inmediato. Sacó cuatro chalecos
reflectantes y los repartió diciéndoles que tenían poco tiempo
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