domingo, 1 de mayo de 2022

EJERCICIO 5A - Esperanza Cabañas

 COMIENZOS:

PERIODÍSTICO

Cuando aterrizaron en Marrakech desde Sevilla, tomaron un coche de alquiler para llegar a M´hamid. Era la ruta de las caravanas que, desde el Sahara, atravesaban las montañas del Atlas para llegar a Rabat.

Carlos, el que hacía de guía, les contó que estando de viaje por el desierto conoció a una familia que le dio alojamiento y comida. Hacía años de esto, pero nunca lo olvidó y desde entonces les ayudaba. Les financió la construcción de una casa de cemento para que alojaran a los visitantes que raramente aparecían por aquellas tierras. Además, una vez al año, llevaba a un grupo para que conocieran su cultura y contribuyeran al mantenimiento de la familia de Hassan.

A media tarde llegaron a Telouet. El dueño del albergue saludó a Carlos. Después anduvieron entre barro y piedras hasta llegar a las ruinas de la Kasbah. Tremenda fortaleza que aún conservaba restos de azulejos y rejas de gran valor artístico. Después una apetitosa cena a base ensalada, pinchos morunos y tortilla bereber, se quedaron en la azotea contemplando el cielo cuajado de estrellas. Al día siguiente, la carretera descendió por frondosos valles, donde los ríos habían escarbado cañones profundos. Al llegar a Uarzazate, el terreno se allanó y emergió una gran ciudad. A las afueras, las mujeres lavaban en el río, las rocas estaban cubiertas de alfombras bajo el sol. Los niños les saludan, mientras los hombres descansaban a la sombra.

 

CANCIÓN DEL VERANO :

Un pasillo largo y frío nos separa. Un largo trayecto por recorrer. Un camino transitado de lágrimas. Lágrimas de alegría por tu venida y de tristeza por tu posible partida. Comienzo de la vida y final de lo que envejeció. Miradas perdidas que sustentan un pasado, pequeños ojos apuntando a un futuro. Mariposa negra de alas cansadas, mariposa blanca que inicia ágil su vuelo. Cada paso que doy sosteniéndote me acerca a ti. Mi corazón dividido entre dos mundos. Nacer y morir en un mismo segundo.

 

BARRA DE BAR:

La luz me despertó a las tres de la madrugada. Asustado, di un brinco de la cama. Inmediatamente escuché voces y gritos de los vecinos del bloque ¡Los bomberos recibieron treinta y nueve llamadas! Quince minutos después entraron los camiones despacio, despejando con sus luces y sirenas a los que se habían parado en la calzada para mirar. Parecían perplejos ante las llamas que, como antorchas gigantes, salían por las ventanas del séptimo piso. Algunos bajaron en pijama, otras en camisón, o con ligeras batas. Otros sostenían en brazos a sus hijos descalzos y despeinados que se restregaban los ojos sin entender qué ocurría. El calor pegaba la ropa a los cuerpos, la brisa de la madrugada apenas refrescaba el ardor de las llamas. De pronto unos gritos rompieron el sonido de las sirenas. Era Carmen, la vecina del octavo que, serpenteando entre los vecinos, llamaba a su madre. La muchedumbre la miró con miedo mientras entraba el camión grúa que, con rapidez, extendió la canastilla para izar a dos bomberos que sostenían sendas mangueras.

 

CINEMATOGRÁFICO:

Desde hace un mes respiro más libre, como si hubiera vuelto a mi infancia, cuando apenas me costaba liberar el oxígeno. La gente ya no deja basura a mis pies, ni me tiran colillas encendidas que me hacían temblar imaginando que alguna me prendiera. Ellos no son conscientes del miedo que me da el fuego, sobre todo en los meses de estío, cuando no recibo ni una sola gota de agua. Pero… ¿Qué ha pasado? Me siento contento, mis hojas y mis estomas respiran mejor. El aire se ha limpiado y el ruido ha amainado. La lluvia cae limpia y alimenta mis raíces ¿De qué me quejo entonces? Estoy igual de confundido que una ballena en un desierto.

Mi enorme copa, criada a través de más de cien años de vida, refugiaba hasta ayer del sol a los que paseaban por la plaza. Los más mayores acudían temprano, por las mañana se sentaban a charlar mientras la brisa movía mis hojas sacudiendo el polvo. Los niños venían por las tardes para correr con sus bicicletas, o detrás de balones que se estrellaban contra mi tronco endurecido por los años. ¡Por fin descanso de esos seres que no dejan de estropear mis ramas y mi tronco!

 

DESFILE DE MODELOS

El primero en llegar fue Miguel. Vestía pantalón vaquero, zapatillas de deporte y una camiseta verde en la que podía leerse: ACDC. Llevaba un balón en la mano que lo botaba contra el suelo a la vez que miraba de uno a otro lado. Parecía nervioso, o enfadado. Cuando vio llegar a Raúl cogió la pelota, cerró el puño de su mano derecha y lo acercó al de su amigo. Ambos se sonrieron. Raúl era aún más delgado que Miguel, sus pantalones pitillo apenas se ajustaban a sus piernas. Zapatillas de deporte y una camiseta negra era todo su atuendo. El cabeza la tenía rapada por los lados y el único pelo, que mediría como tres centímetros de largo, estaba levantado hacia el cielo.

Rosa se unió más tarde. Los vio lanzarse el balón con fuerza y sonrió pensando que los chicos nunca dejaban de ser niños. Choco su puño con el de ellos y echó hacia atrás su melena rubia. Llevaba deportivos, un pantalón negro y una camiseta amarilla que dibujaban las curvas de su cuerpo. De pronto Javier les empujó desde atrás. Era oscuro de piel. Llevaba una bolsa de deporte que abrió de inmediato. Sacó cuatro chalecos reflectantes y los repartió diciéndoles que tenían poco tiempo


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