martes, 3 de mayo de 2022

EJERCICIO 5. B-1 RELATO CON PRINCIPIO NOTICIERO Sonia Corcelle

 

IN MEMORIAM

 

 

                  Desde mi conciencia anterior resurge aquella tarde del 18 de mayo en la que me acerqué al tanatorio de la M-30 para dar el pésame a la viuda y los hijos del encargado de mi almacén. Tenía muy poco trato con el difunto, un tal Pedro Linares, ya que apenas salgo de mi despacho de Director General de la empresa de material de construcción, Orgaz y Herederos, pero la corrección exigía que yo hiciera esa visita de cortesía.

                  Después de dejar atrás largas filas de cipreses, negros y tiesos, entré en la sala 13, la que se correspondía con el velatorio del finado según rezaba el panel informativo de la entrada. Una veintena de personas charlaban animadamente mientras otras tantas mostraban una cara pensativa o compungida. Ninguna me era familiar.

                  El ataúd, a diferencia de lo que sucede en otros tanatorios, no se encontraba en una salita aparte, detrás de un cristal, sino que hallaba en medio de la sala. Estaba cerrado y en la parte superior una foto del difunto me miraba. Me pareció quizás percibir un leve reproche en sus ojos cansinos. Me quedé de pie, sin saber muy bien qué postura adoptar. Ignoraba quién era la viuda entre tantas personas congregadas en la sala impregnada por el olor dulzón que desprenden las coronas funerarias.

                  Al cabo de un rato, ese olor mareante me provocó náuseas. Sufrí un ligero vahído que me llevó a apoyarme en un pilar de la sala. Cerré los ojos.

                  Al abrirlos, ahí estaban de nuevo los del difunto clavados en los míos. La mirada se había vuelto más incisiva. Sentí un pinchazo a la altura del corazón y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. En ese momento me pareció recordar que el difunto era el cabecilla de la delegación de empleados que se habían presentado hacía más o menos un mes en mi despacho para protestar por lo que ellos llamaron “abusos laborales”. Nimiedades, pensé yo entonces. Y los despaché rápido.

                  Sin embargo, ellos no cejaron en su empeño de ver cumplidas sus reivindicaciones: unos diez días más tarde, se presentaron de nuevo en mi despacho exigiendo unas condiciones laborales más humanas. Cansado por tanta insistencia, los eché con cajas destempladas.

                  La misión de Director General lleva en el cargo mantener la cabeza fría y guardar las distancias con el personal. Esto lo tenía yo muy claro.

                  El olor funesto de las coronas me seguía mareando y mis ojos, como imantados, no dejaban de volver una y otra vez a la foto sobre el ataúd. Yo no quería mirar pero me era imposible no hacerlo. La agresividad de la mirada del difunto me llegó entonces de golpe como un puñetazo en el estómago y me obligó a doblarme en dos.

                  “Tocado”, pensé.

                  Poco a poco, conseguí enderezarme y apoyarme en el pilar más cercano. La cabeza me daba vueltas. Me aferré con ambas manos para no caerme. Los ojos del muerto se iban dilatando y sentí cómo me horadaban el tórax hasta clavarse en mis vísceras. Se me nubló la vista pero, sin embargo, seguía viendo esos dos ojos desorbitados. Carraspeé con fuerza reiteradas veces para intentar deshacer el nudo que me apretaba violentamente la garganta. Me faltó el aire.

                  Boqueando, intenté gritar para pedir auxilio. En vano. Los ojos del finado, que ahora ocupaban la totalidad de la sala, se enmarcaban en inmensas ojeras azuladas de una profundidad aterradora en la que los míos se abismaron. Mi cuerpo, que se había ido impregnando del olor de las coronas, se precipitó en este pozo sin fondo y sentí que yo ya no era más que un enorme vacío.

                   “Hundido”, pensé.

 

                  Llevo tiempo sumergido en una negrura insondable con olor a madera de pino. Quizás hayan colocado un retrato mío encima de la tapa.

                   ¿Estará alguien mirándome a los ojos?

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