Técnica de barra de bar
Aquello no podía salir bien. Eran un par de niñatos que habían visto muchas películas, pero de las malas, o de las españolas en las que los ladrones siempre fracasan. En la sucursal de un banco de barrio, dentro dos abuelos regateando las comisiones a dos empleadas sin más salero que un plato de churros fríos. Eran muy jovencitos, unos chavales, de la edad de mi chico. Se habían puesto una media en la cabeza y las pistolas que llevaban lo mismo eran de juguete, pero cualquiera se arriesgaba. Estaban tan nerviosos que me acordé del chiste de los cazadores y me reí.
Técnica del desfile (Nuevo comienzo)
El oráculo era un lugar y una persona. Ambos tenían los mismos años que la vida y la tierra.
—No, no mires para otro lado. Abre bien los ojos—. La anciana hablaba con la sabiduría de los arcanos, y una criatura, de rostro dulce y cuerpo delgado, escuchaba con la atención que merecía el presente y el futuro de su vida. —Lo pasado no está pasado. De todo lo pasado, absolutamente, dependen las adivinaciones. Yo soy el oráculo y digo por mi boca el saber de los ancestros.
Ocurría en un lugar fuera de la aldea, entre los campos de siembra y las cercas de los animales. Un lugar a cielo abierto antes de cruzar el puente de piedra sobre el bosque, a espaldas del río que fluía cuesta arriba. Esto es, en el absoluto Sur de todas las almas. Cinco tablas talladas, algo más pequeñas que una mano, con figuras geométricas en madera de roble, de lima, de espino, de eucalipto y de tule, y cinco piedras romas del tamaño de una nuez, de los colores primarios o sagrados, se manejaban en el regazo de la anciana de Geala. Para acercarse a ella había que sortear las adivinanzas de tres sacerdotes o ayudantes custodios del oráculo.
Toda esta historia no tendría sentido si no explicara detalladamente el significante y significado de cada elemento, madera y piedra, que se alternaban entre las manos de la anciana y que tuve la suerte de conocer de su propia lengua bífida. Sí, han leído bien: lengua bífida. Porque, primero de todo, necesitarán saber quién y cómo era la Búa Geala.
…
Técnica del zoom, comienzo cinematográfico. (Modificado.)
Llega tarde a clase. Abre la puerta, todo queda en silencio y todas las miradas confluyen en su figura de modelo. Vaqueros ajustados, blusa abotonada hasta el mismo final del pecho, y un movimiento ladeado de cabeza para retirarse del rostro un mechón de cabello que se le ha enganchado en la boca. Desde mi posición, casi al final de la clase, se ven las cabezas unidireccionales apuntando a sus labios entreabiertos. Se retira el pelo con la uña del dedo meñique, afectadamente da un paso adelante y los buenos días se encallan en una sonrisa turbadora. Solo contesta Bermúdez, el de la segunda fila, que se desliza hacia una esquina de su banco para dejarle sitio.
—Adelante señorita…
—Begoña Álvarez
El profesor baja con tiento el escalón de la palestra y, tiza en mano, como bajo un capote imaginado, tras el tanteo, suelta media verónica y le ofrece tomar asiento.
—Bien, señorita Álvarez, muchas gracias por honrarnos con su presencia— dice el estadístico.
Ella pasa muy cerca, sin acudir a engaño, burla de espaldas y pasa de largo el asiento vacío contiguo a Bermúdez. El cuerpo se dirige hacia el centro, decisivo y armónico, bravo. El profesor da media vuelta sobre sí mismo. Un cómico volapié le sube al estrado, y noblemente ataca la explicación sobre la función gaussiana. En la pizarra dibuja la gráfica. La tiza roja se desliza entre los vectores de blanco caliza; una función de densidad en distribución continua con forma de campana. Doble función y dos variables que … ta-ta-ta…, borra y pinta, borra y pinta. En resumen: dos campanas como dos tetas de veinteañera refutan la afirmación de que lo normal es lo natural.
Estoy de acuerdo. Lo normal es lo que abunda. Lo natural es lo que se da en la naturaleza, con sus precauciones y salvedades. Véase las dos tetas de ella, asomando por la abertura de la blusa. Ta-ta-ta. ¡Eso es natural! Ahí están. Dos pechos, empitonados y densos, juro que no abundan.
Técnica canción del verano; comienzo poético. (Nuevo comienzo)
La noche. Un espacio en el tiempo oscuro como una mancha de alquitrán en el mar azul claro de la primera mañana. La noche que todo lo sabe, que en todo te reconoce con su traje de vieja antigüedad, que se pone y que se quita y te despista cuando el alba te asombra en el sueño fugaz y fortuito. Una noche tan grande como una vida. Una vida como una nube sobre el cielo infinitamente turbio, ambiguo, azaroso e incierto o inexplicablemente tenebroso.
Ocurrió una noche.
Técnica del noticiero
No era una travesía cualquiera. Fue el día de la fiesta del Sacrificio, la pascua del cordero, el 9 de julio. Partimos del muelle de Isla Verde a las 11:45 y durante sesenta minutos navegamos sobre dos aguas. Al volver la vista hacia Algeciras sentí cómo dejaba atrás el viejo continente, y lloré por dentro como si lo fuera a perder para siempre. Europa ya no me pertenecía y África descansaba en el horizonte, donde casi no alcanzaba la vista, con algún temor dado por su mismo nombre. El comandante sabía bien que mi origen estaba en África; le pedí que viniera conmigo, pero el Ministerio me asignó otro acompañante. Desde la cubierta del Avemar de Balearia, puse atención en divisar delfines o cachalotes que viven en las profundas aguas frías y oscuras del Estrecho. Dicen que, a veces, suben a la superficie durante unos minutos para acompañar a los turistas en su viaje. Yo no era una turista, y, aunque era verano, tampoco vi orcas ni rorcuales en sus tradicionales rutas migratorias. A la media hora ya se divisaba la costa marroquí. Supuse, con acierto, que las montañas de tonos grisáceos que resaltaban sobre la tierra y el agua eran las estribaciones de la sierra del Rif.
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