TRENES
En el escenario una estación caduca del estilo de las del siglo XIX. Hace más de cincuenta años que no ha sido renovada debido a un proyecto de soterramiento del tren que nunca acaba de llevarse a cabo. A la derecha se ven las taquillas para la venta de billetes. Están vacías. De vez en cuando aparece un funcionario que recoloca el cartel donde se recomienda realizar la compra de billetes on line. En la pared del lado izquierdo, a modo de escultura ornamental, hay un enorme olivo seco en una de cuyas ramas están sentadas tres viejas escuálidas vestidas de negro que observan el ambiente mientras comen pipas y se hablan al oído. Al fondo unas puertas de cristal automáticas separan la sala de espera de los andenes por donde pasan trenes con cierta frecuencia. Encima de las mismas, el nombre de la estación y un gran reloj parado en una hora cualquiera que cada cierto tiempo se pone en marcha y giran sus agujas colocándose arbitrariamente en otra hora cualquiera. No hay pantalla donde ver los trenes por llegar o por salir. El servicio de megafonía se encarga de avisar de las llegadas, salidas y retrasos. Por si no se entiende bien, un tipo vestido de jefe de estación se suele acercar hasta la sala de espera y repite los avisos. En el centro, unos cuantos bancos de madera enfrentados unos a otros y en perpendicular a los andenes.
En la estación solo hay un hombre con traje leyendo el periódico sentado en uno de los bancos de la sala de espera. Entra una mujer envuelta en un abrigo con un sombrero antiguo con flores y mariposas y pájaros. Lleva una maleta, a todas luces vacía. Se acerca a los andenes. Vuelve a la sala de espera y así un par de veces. Al final se sienta en un banco. El hombre que la ha estado observando, se levanta se sienta cerca de ella sin ser invasivo e inicia una conversación.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— Señora, perdone mi atrevimiento. No he podido menos que fijarme en usted. ¿Tiene algún problema? ¿Puedo ayudarla?
MUJER DEL SOMBRERO.— ¿Y en quien se va a fijar si aquí no hay ni un alma? En cuanto a si tengo problemas… ¿Por qué lo dice? ¿Por qué me ha visto entrar y salir un par de veces? A ver si no voy a poder cambiar de idea sin que eso sea un problema
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— Tiene usted razón. Perdone mi osadía.
MUJER DEL SOMBRERO.— ¿Osadía? Mire, si yo lo entiendo está aburrido y con ganas de conversación. Perfecto, pero no se acerque en plan salvador de princesas en apuros.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— (Ataque de tos) Pues, sí. Llevo aquí toda la mañana y ya me he leído el diario tres veces. Se lo puedo recitar si quiere.
MUJER DEL SOMBRERO.— No, no , gracias. Pero, dígame ¿Tanto retraso llevan hoy los trenes?
HOMBRE DEL PERIÓDICO.—No, si yo no vengo a coger ningún tren. Yo vengo a mirar. Ya sabe. Para conocer gente, coger ideas, inspirarme… Por ejemplo ¿usted a donde va?
MUJER DEL SOMBRERO.—¿Yo? Voy a coger el tren.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— Sí, pero ¿qué tren?
MUJER DEL SOMBRERO.— El que sea. Uno que me venga bien.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— Ya, pero en el billete pondrá el destino.
MUJER DEL SOMBRERO.— Es abierto.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.—Hombre, abierto de hora y de día, pero el destino…
MUJER DEL SOMBRERO.— Cada uno es cada uno. Yo lo prefiero de destino abierto.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— Que cosas no sabia que había de esos... entonces ¿usted no sabe a dónde va?
MUJER DEL SOMBRERO.— Si me va a preguntar cosas tan intimas mejor nos tuteamos.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— Sí, claro. Una vez más tienes razón.
MUJER DEL SOMBRERO.— Bien. Y respondiéndote: no sé a donde voy. No tengo ni idea. Frio o calor, soledad o compañía, multitud o vida natural o cultivada, salvaje o refinada... no sé si voy o vengo y voy y vengo. Por eso andaba ahí que si cojo este que si cojo el otro. Duda eterna. En fin, que me tiro al primer tren que pase.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— ¿Que te tiras?
MUJER DEL SOMBRERO.— Es un decir, hombre.
HOMBRE DEL PERIÓDICO.—¡Ah ya! De todas maneras por lo menos vas y vienes. Yo aquí estoy inspirándome. Me gustan tanto los trenes y sin embargo nunca he subido a ninguno. Me da un poco de vértigo. ¡Uy que me voy! ¡Uy que me voy! Y me echo para atrás...
JEFE DE ESTACIÓN.— (Agitando una campana y con voz como de quien vende cupones de la ONCE) ¡El último tren!¡El último tren!¡El último tren!
MUJER DEL SOMBRERO.—Este va a tener que ser el mio. ¿Qué?¿Te animas?
HOMBRE DEL PERIÓDICO.— (Doblando el periódico y guardándolo en un bolsillo) Pues, sabes que te digo que sí. Que me voy yo también. ¡Tira, vamos adelante!
(Salen los dos a coger el tren agarrados del brazo. Las tres viejas aplauden desde el olivo)

No hay comentarios:
Publicar un comentario