Voladura
Quedaban pocos días para la gran
voladura. Toda la ciudad ardía de personas que iban de aquí para allá,
comprando, mirando, recogiendo, preparando el acontecimiento. Los hoteles ya no
tenían habitaciones libres. Los restaurantes hacían acopio de materias primas.
Camiones cargados de mercancías, iban y venían llenando las calles con el
rugido de sus motores. Los vecinos preparaban sus mejores galas para lucirlas
ante los amigos y familiares que acudirían al evento.
Los ecos de los ensayos de la
orquesta municipal se dejaban oír cada anochecer. Los balcones lucían
engalanados. Mi marido y yo lo viviríamos como algo único, no existía la
posibilidad de que se repitiera para nosotros. En cambio, otras familias ya lo
había celebrado una, dos, o hasta ocho veces, como la del médico.
Cada casa, dependiendo de sus
necesidades y de su potencial económico, contaba con uno o varios dispensadores
de gas. La mía solo tenía uno, pero era de gran calidad. Cada día inflábamos
nuestro globo con exquisita suavidad, para que no engordara ni mucho, ni poco.
Mi marido y yo queríamos que subiera de forma armoniosa, ni rápido, ni lento,
pero que llegara lejos.
Estuve mucho tiempo contando los
días, las horas, los minutos, mientras me cogías la mano. Lo hacías con tanta
serenidad que se me hacía difícil entenderte. Cada noche, antes de acostarme, pasaba
por su dormitorio y besaba a nuestro globo. Lo hicimos con amor. Tú te
levantabas temprano para insuflarlo como mejor sabías, y sé que no ha sido
fácil. Pero lo más importante era el material del que estaba hecho y el nuestro
era de calidad. Trabajamos duro, año tras año, día tras día, para que sintiera
el deseo y la responsabilidad de elevarse y elevarse.
Y llegó el día. El sol brillaba
iluminando el espacio escénico donde se desarrollaría la obra. Cuando abrí los
ojos, no había una nube que pudiera ensombrecer la voladura. Nos dirigimos a la
gran explanada que se configuraba a la salida del pueblo. Allí estaban todos los
vecinos. Nos unimos a ellos. Cada familia, atada a una gruesa cuerda, tejida
con esfuerzo, sosteníamos a nuestro inquieto globo. Faltaba poco para el inicio
de la competición. El viento era suave, una ligera brisa acariciaba sutilmente
las hojas de los álamos.
La inquietud se traslucía en los
rostros de las familias que sostenían las cuerdas. Ninguno sabía cómo
ascenderían, una vez liberados de las manos de sus creadores. En cambio, tú
seguías sereno, como si estuvieras sentado al anochecer frente a una copa de
vino. Mirabas a los músicos, que de vez en cuando dejaban escapar alguna nota
de sus instrumentos ansiosos por empezar a tocar.
Yo miraba al viento y al resto de
los vecinos, también a los amigos que frente a nosotros, se agolpaban en los
mejores sitios, fuera de los árboles, que les permitiera una visión sin
tachaduras del evento. En sus ojos brillaba la alegría y el deseo de
superación. Pero también el miedo a que los suyos tomaran una trayectoria
equivocada. El alcalde se personó en el centro, subido en una peana, instalada
para la ocasión, se dirigió a nosotros, como protagonistas de la gran voladura.
Enseguida alguien le acercó una pistola que tomó con su mano derecha y, subiendo
el brazo hacia el cielo, sonó un disparó de color que anunció el momento de la
despedida. El olor de la pólvora quemada desató mis lágrimas. Vi la sonrisa en
tu cara, esta vez no me sorprendió. Cerré los ojos, tus manos decididas me
hicieron soltar la cuerda que tan fuertemente agarraba. Los globos comenzaron a
elevarse, mientras la orquesta tocaba el Aleluya de Haendel.
Algunos se elevaban lentamente,
otros con una rapidez vertiginosa y los menos, buscron el sol. El nuestro subía
sin dificultad, hiciste un buen trabajo. Los más desafortunados quedaron
enganchados en alguna de las ramas de los pocos álamos que cubrían la pradera.
Tendrían que esperar a que alguien los desenganchase y, si no era posible, se
irían desinflando poco a poco. Ahora, mientras sonaba la Danza Húngara número cinco de Brahms, puntos de colores anunciaban que los
demás globos seguían su ascenso. Abajo, como piedras de dólmenes plantadas en el
suelo, tristes, confiados, temerosos y expectantes, permanecíamos los padres.
En un mismo pensamiento los
anhelábamos y temíamos su regreso. Apenados, nos sentíamos orgullosos de ver
que nuestras criaturas subían y subían en un cielo indescifrable, hermoso a
veces, terrible otras tantas…
Miré mis manos enrojecidas que
guardarían, durante mucho tiempo, las huellas de la cuerda impresa en la piel.
Creo que has conseguido un estupendo correlato. Por lo menos yo he visto perfectamente la intención de retratar la crianza de los hijos. Enhorabuena.
ResponderEliminarGracias Andrea, es lo que pretendía
ResponderEliminarEl comentario anterior es de Marta, pero yo te digo lo mismo. Me ha gustado muchísimo, aunque me deja un regusto de tristeza que, supongo, es tu intención.
ResponderEliminarMuy bueno, estupendo, Esperanza
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