viernes, 1 de abril de 2022

Ejercicio 1A - María José Ventaja

 


EJERCICIO 1: CREATIVIDAD.

Pasos para el autoconocimiento creativo y literario.


- Para la narrativa, suelo utilizar un recuerdo, una sensación, algo visto u oído por la calle, cualquier cosa que me sugiera una frase bonita como si fuera un título largo. Una frase que resuma un acontecimiento del propio pasado o inventado en ese momento. En poesía me inclino por la sonoridad y el juego del lenguaje o el significado metafórico de un verso o la agrupación de tres o cuatro palabras que desaten una historia o una intención.

- Me resulta muy difícil escribir a partir de unas pautas dadas, casi nunca planifico trama ni argumento, me siento encorsetada. Mi técnica suele ser: pienso -como un chispazo- y escribo, pienso y escribo. La historia puede ir cambiando a medida que se va construyendo, y suelo volver a lo escrito. Trabajo por capítulos o por partes que voy retocando, reescribiendo o modificando. Los personajes los defino mentalmente con dos o tres características claves, escojo un tipo de carácter y según escribo voy avanzando el personaje; a veces son personas que conozco y a partir de ellas construyo los personajes.

- No tengo problema en usar mi propia vida para contar una historia, a veces prefiero partir de algo que me haya ocurrido o que conozca de primera mano, aunque nunca se atiene a la verdad pues me encanta ficcionar la realidad.


Tres momentos de mayor creatividad:

1) Era finales de agosto y, en Sevilla, la mejor manera de soportar el calor es no salir a la calle a no ser de madrugada. Fue por casualidad, bajo el aire acondicionado, que encontré por internet un taller de escritura creativa en la Universidad, con un programa atrayente y con un contacto. Le escribí y me apunté a mi primer taller. ¿No os he dicho que mi profesión favorita es ser estudiante? Empecé las clases en la primavera de 2017, escribiendo un relato por semana durante tres meses, hasta que llegó el verano. El verano y las vacaciones, ese tiempo inútil que rellenamos de inútiles actividades.

    La disipación veraniega de mi familia comenzó el treinta de junio de, con viajes, con amigos y con trabajos en tierras extranjeras. ¿Y yo? Me quedé sola en el insufrible verano sevillano. ¿Cómo iba a gastar el tiempo de un día y otro día durante tres meses, seis horas de mañana y seis horas de tarde? Me propuse escribir la novela, mi primera novela, era el ejercicio final del taller de escritura creativa, y decidí que sería más llevadero al lado del mar, con la compañía y los mimos de mi madre. En ese trabajo entendí todo el sentido metafórico de considerar el libro escrito como un hijo; mi embarazo narrativo fue extremadamente divertido, motivador hasta la drogadicción, deseando ansiosamente cada día sentarme delante del folio. Entre ola y ola, entre baños de agua y sol, sentía que Galdós me guiaba en las descripciones y Clarín me dictaba el lenguaje encriptado y metafórico propio de La Regenta. En cada avance, cada tres o cuatro páginas, sentía un orgullo casi narcisista, una realización personal que rozaba la plenitud interior y que no había alcanzado nunca durante mi profesión. Si alguna mañana iba a la playa, enseguida pensaba en volver para dar nuevos percances a la protagonista, nuevas soluciones, sensaciones o nuevos conflictos entre los personajes. A mediados de septiembre envié la novela corregida al profesor. Me había entretenido como no imaginé, con una historia que se iba desarrollando día a día, sin mapa ni estrategia, solo con una voz íntima y propia. Había escrito ciento setenta páginas sintiendo que esa historia era la mía. ¡Además la novela tuvo un final feliz, la envié a tres concursos literarios y en uno gané el accésit!


2) La adolescencia es una etapa que vivimos con grandes dificultades, no tanto físicas, que también, pero sobre todo emocionales. Dicen que es cuestión de hormonas. Recuerdo mis catorce y quince años como un sube y baja de sentimientos y afecciones que me descolocaban continuamente de la realidad cotidiana. Comencé a sentirme distinta a mis amigas. Me dio por escribir poesía. Los fines de semana, si los planes con mis amigas no me convencían, era cuando yo ejercía de bucólica poeta. En mi casa había mucho ruido y movimiento, además compartía habitación con mi hermana, así no podía escribir, todo y todos me molestaban. Descubrí un bar al otro lado del barrio, cruzando la gran avenida. Un bar lleno de hombres que jugaban a cartas y a dominó, que fumaban y bebían cafés y copas, y que tenía una parte de arriba más solitaria, con mesas vacías y un gran ventanal. Sábados y domingos por la tarde entraba en aquella cafetería a las cinco y salía a las nueve con tres o cuatro poemas, dos cafés y medio paquete de tabaco. Nadie, absolutamente nadie lo sabía, ni mi más íntima amiga, era mi secreto, era yo misma alimentando mi individualismo más exclusivo. Así decidí que estudiaría letras en segundo de bachillerato, sin matemáticas y con latín, y griego como optativa. Con la inercia poética del invierno, llegó el tiempo hueco del verano que rellené escribiendo mi primer poemario. Habíamos ido de vacaciones a Cangas, y me atreví a escribir algunos versos en gallego; me pareció de lo más apropiado, me sentía más cerca de Rosalía de Castro, de la morriña que, a esa edad, para sentirme totalmente poeta, me era tan necesaria como el agua y la comida. En septiembre, dejé que un chico, siete años mayor que yo, leyese mis poesías veraniegas, las comentamos y me animó a seguir escribiendo. Era la primera vez que alguien leía algo mío. Ese primer poemario me regaló una amistad profundamente literaria para toda la vida.


3) Cuando terminé la universidad comprendí que ya era irremediablemente adulta. Me resistía a incorporarme a la vida laboral, quería seguir siendo estudiante, o siendo joven, y me decidí a escribir la tesina y hacer el doctorado. Aunque mi elección investigadora se inclinaba hacia el naturalismo y el realismo español, mis sentimientos personales eran de auténtica poeta. Presenté algunos poemas a un concurso literario y conseguí leer mis poemas en un acto público tras un premio del Ayuntamiento. Fue en el Ateneo, donde un grupo de jóvenes, escribíamos poesía, nos leíamos, nos comentábamos y, una cosa lleva a la otra, hasta que decidimos hacer una revista de poesía. Increíblemente un reconocido escritor del momento nos acogió como pupilos y nos apadrinó. Así escribí mi segundo poemario.



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