jueves, 28 de abril de 2022

EJEERCICIO 5A Andrea Sanz

 NOTICIERO


Fue el verano de 1967. Empezamos, como cada año, los cinco amigos de siempre, Pedro El negro, Chimo, Pedrito, Quinichi El largo y yo. Pero aquel verano no terminó como siempre. Acabó mal, muy mal, ya nunca nada volvió a ser igual.

Pedrito, al terminar las vacaciones regresó a Madrid y nunca más volvió al pueblo. 

Quinichi perdió todos los dedos de la mano izquierda, salvo el pulgar, porque se lió con la sosa y la potasa, y la explosión no se produjo cuando debía.

Pedro, El negro, fue perdiendo color a lo largo del verano y su intenso moreno fue volviéndose pálido, tirando a verdoso; los rizos de su pelo negro fueron desapareciendo hasta que se quedó calvorota del todo. A mitad del verano lo ingresaron en un hospital de la capital y tampoco volvió al pueblo. bueno, volvió pero en un ataúd para su entierro. 

Chimo perdió a su padre que se mató el 18 de julio con unas pacas de paja que le cayeron encima. La madre no podía sacar adelante a siete hijos y a Chimo lo llevaron con otros cuatro hermanos a un orfanato de otra provincia.

Sólo quedé yo, aburrido, para contar las peripecias que han ocurrido en el pueblo desde entonces.


CANCIÓN DEL VERANO


Han vuelto los vencejos y con ellos las tardes de mi infancia a la memoria.

Han vuelto los vencejos y el aire cálido promete tardes eternas.

Han vuelto los vencejos y me entran ganas de creer en el amor.

Pero cuando los miro detenidamente y me fijo en su negrura, no puedo evitar abismarme en ella.


DESFILE DE MODELOS


Supongo que casi todas las personas mayores, de niños, tuvimos barrio.

Vivíamos en él, jugábamos en él, formábamos parte de él y lo conocíamos como conocíamos nuestras casas. No había pobres y ricos, todos éramos pobres. No había intimidad, formábamos parte de él y cualquier individuo conoce bien cada una de sus partes. Cincuenta años después puedo describiros la casa que estaba enfrente de la mía, con pelos y señales, y sus habitantes no guardaban secretos para el resto del barrio.

En el bajo izquierda, Mari, La cochina. Buena y cariñosa con todos, tenía el mal gusto de criar gallinas en casa, lo que no contribuía a conseguir que oliera bien. El olor de las gallinas era capaz de ocultar el de los ricos guisos que siempre hacía. En el bajo derecha vivía mi amigo José Manuel, con su madre, enfadada desde que su marido, exminero, murió de silicosis con 40 años. La enfermedad no fue reconocida por la empresa y, por tanto, no remunerada, por lo que ella hubo de salir adelante cosiendo todas las horas del día que podía para criar a sus hijos, mi amigo José Manuel y su hermana, un poco subnormal, que no era capaz de ayudar en nada.

Primero izquierda, Tella, La cotilla. Tenías alguna duda? Ella te la resolvía. Primero derecha, Los “estiraos”, nuevos en el barrio. Eran tan pobres como los demás, pero querían disimularlo.

Segundo izquierda Lalia, La loca, desde que murió su hija con doce años, hacía muchas cosas raras. En invierno, al único hijo que le quedaba, le llevaba al instituto, durante el recreo, un tazón de sopas de leche caliente, para que no se pusiera enfermo y a él le daba vergüenza.

Segundo derecha, Los señores, el marido era oficinista y tenían tres hijos que todos decían que eran muy listos y no les dejaban salir a la calle a jugar con nosotros.

Podría seguir contándoles quién era cada vecino de dos o tres casas por delante, por detrás y por los lados de la mía.


ZOOM 


Hacía un tiempo infernal. 

Había llovido durante los últimos tres días, en horizontal, dejándote sin posibilidad de protección bajo un paraguas.

Había balsas de agua en la calzada, y las aceras estaban intransitables.

Ella no podía seguir debajo de la marquesina porque hacía rato que el portero la miraba con mala cara.

Justo antes de subirse la capucha de la capa impermeable, un coche frenó delante de ella y una ola de agua cayó sobre su cabeza. Se abrió la puerta del coche y un hombre de unos 40 años, 1,90 metros de estatura, con abundante cabello moreno ondulado, ojos azul cobalto y potente mandíbula cuadrada, se dirigió a ella sujetándola por los hombros, preguntándole si estaba bien, y pidiéndole perdón.

No podía contestar. Su mundo se había reducido a aquellos ojos azul cobalto y decidió que fingiría un desmayo, se introduciría en ellos a través de sus pupilas. El final, seguro que sería mejor que el que le esperaba esa noche.


BARRA DEL BAR


¿Así que se había ido a Madrid a putear, eh?

Envidia, cochina envidia, eso es lo que provoca en este pueblo cualquiera que destaca un poco. Ninguna mujer del pueblo podía soportar que fuera tan guapa y ningún hombre que ni siquiera le dirigiera una mirada.

Y ella se fue, claro que se fue,¿cómo no se va a ir? Era mucho tiempo soportando los desprecios de unas y las miradas lascivas de otros.

Pues os diré que Juanón la ha visto en una revista en la capital fotografiada con un tío con muy buena facha, mayor que ella, eso sí, en una fiesta saludando al rey. Ha comprado la revista y mañana la dejará aquí, en el bar, para que todos podamos verla y se nos caiga la cara de vergüenza.


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